Bajar la carga de agroquímicos en la agricultura ya dejó de ser una moda ...
Y se ha convertido en una necesidad sanitaria, ambiental, económica y moral. Durante décadas, el modelo agrícola global se concentró en producir más: más toneladas, más rendimiento, más control de plagas y más uniformidad. Ese modelo ayudó a alimentar a millones, pero dejó una pregunta incómoda: ¿Qué costo estamos trasladando al suelo, al agua, al alimento y al cuerpo humano?
Según la FAO, el uso mundial de pesticidas agrícolas alcanzó 3.73 millones de toneladas de ingredientes activos en 2023, prácticamente el doble que en 1990. La OMS reconoce que los pesticidas pueden tener efectos agudos y crónicos en la salud humana, según la cantidad, la vía y el tiempo de exposición. Entre los efectos crónicos se incluyen riesgos relacionados con cáncer y reproducción.
Al mismo tiempo, las enfermedades crónicas no transmisibles —cardiovasculares, cáncer, diabetes y respiratorias crónicas— representan cerca del 75% de las muertes no relacionadas con pandemias a nivel mundial.
Sería incorrecto decir que los agroquímicos son “la causa” de todo este aumento porque la realidad es multifactorial: dieta, sedentarismo, contaminación, estrés, genética, envejecimiento, ultraprocesados y ambiente.
Pero también sería irresponsable ignorar que la forma en que producimos alimentos forma parte del ecosistema de salud pública. La agricultura del futuro no puede limitarse a producir volumen. Tiene que producir alimentos con menor carga química, suelos más vivos, agua menos contaminada y cadenas de valor más responsables.
El cambio hacia una agricultura orgánica, regenerativa, biológica, agroecológica o simplemente más limpia no debe detenerse. Debe profesionalizarse, medirse, escalarse y defenderse con análisis técnico y con ciencia. No se trata de estar “en contra” de la agricultura convencional, se trata de evolucionarla.
El productor que reduce aplicaciones innecesarias, incorpora bioinsumos, manejo integrado de plagas, nutrición equilibrada, microbiología, monitoreo técnico y alternativas de menor impacto, no está retrocediendo. Está ganando competitividad. Hoy el mercado está cambiando. El consumidor pregunta más. Las regulaciones son más estrictas. La salud pública exige otra conversación y el campo tiene la oportunidad de liderarla.
La pregunta es simple: Todo lo que aplicamos en un cultivo terminará, tarde o temprano, en la mesa de alguien. ¿Y si esa mesa fuera la tuya? ¿Y si fuera la de tus hijos? La agricultura responsable no es romanticismo. Es estrategia. Es salud. Es competitividad. Es responsabilidad intergeneracional.
Quim. Sergio Castellanos.

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